Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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En la esquina de la mesa se sienta la señorita María Grimsby. El día en que llegué le comenté que parecía que iba a llover, y la señorita María rió. Dije que el camino hasta la estación era muy bonito y la señorita María rió. Dije que aún quedaban algunos mosquitos y la señorita María rió. Dije que Prospect Point estaba tan hermoso como siempre y la señorita María rió. Si dijese a la señorita María: «Mi padre se ha ahorcado, mi madre ha tomado veneno, mi hermano está en la cárcel y yo estoy en las últimas a causa de la tisis», la señorita María reiría. No puede evitarlo. Nació así; pero es algo verdaderamente lamentable.

La quinta dama es la señora Grant. Es una viejecita encantadora, pero, como solamente habla bien de todo el mundo, los diálogos con ella son poco interesantes.

Y ahora le toca el turno a Jonás, Ana.

El primer día vi en la casa a un joven sentado frente a mí, sonriéndome como si me conociese desde la cuna. Sabía, por habérmelo dicho el tío Mark, que su nombre era Jonás Blake, que estudiaba teología en St. Columba y que se había hecho cargo de la iglesia misional de Prospect Point durante ese verano.


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