Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Es un joven muy feo; realmente, el joven más feo que he visto. Tiene una silueta desgarbada, piernas absurdamente largas, cabello rojo y lacio, ojos verdes, boca grande y orejas… bueno, prefiero no pensar en ellas mientras pueda evitarlo.

Tiene una hermosa voz (con los ojos cerrados es adorable) y, ciertamente, tiene un alma buena y un carácter amable.

Nos hicimos amigos en seguida. El hecho de haberse graduado en Redmond contribuyó a unirnos desde luego. Paseamos y remamos juntos y caminamos por la arena a la luz de la luna. Bajo esa luz no parecía tan feo; y era muy amable. En realidad, él desparrama amabilidad. A las viejas, con excepción de la señora Grant, no les gusta Jonás porque se ríe y hace bromas y porque, evidentemente, prefiere la compañía de una chica frívola como yo a la de ellas.

Por alguna extraña razón, Ana, no quiero que él me juzgue frívola, y eso es ridículo. ¿Por qué me ha de interesar qué opina de mí un señor de pelo colorado llamado Jonás, a quien nunca había visto antes?

El sábado pasado Jonás predicó en la iglesia del pueblo. Fui, desde luego, pero no pude convencerme de que era él el predicador. La idea de que era un ministro, o de que iba a convertirse en tal en el futuro, me parecía una broma.


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