Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Bueno, Jonás predicó. Y cuando llevaba diez minutos predicando comencé a sentirme tan pequeña, tan pequeña, que pensé que nadie podrÃa verme a simple vista. Jonás no dijo una sola palabra sobre las mujeres y no me miró ni una vez. Pero en aquel instante comprendà que yo era una mariposa frÃvola, de alma vacÃa, digna de lástima y terriblemente distinta de la mujer ideal de Jonás… Ella habrÃa de ser grande, fuerte y noble. ¡Él era tan honesto, tierno y veraz! Todo lo que un ministro debÃa ser. Me pregunté cómo habÃa podido considerarle feo alguna vez (en realidad lo es), con esos ojos inspirados y esa frente de intelectual que ocultaban durante la semana los revueltos cabellos.
Fue un sermón espléndido, que me hubiese gustado seguir escuchando eternamente, pues me habrÃa hecho sentir muy feliz. ¡Oh, me gustarÃa ser como tú, Ana!
Él me alcanzó en el camino, de regreso a casa, y me sonrió tan alegremente como de costumbre. Pero su sonrisa no me engañarÃa nuevamente. HabÃa visto al verdadero Jonás. Pensé si él podrÃa ver alguna vez a la verdadera Phil, a la que nadie, ni siquiera tú, ha visto aún.
—Jonás —dije, olvidando llamarle señor Blake. Fue horrible, pero hay ocasiones en que poco importan cosas as×, Jonás, ha nacido para ministro. No podrÃa ser otra cosa.