Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —No, no podrÃa —dijo con sencillez—. Traté de ser otra cosa durante largo tiempo; no querÃa ser ministro. Pero finalmente llegué a convencerme de que ésa era la misión que me habÃa sido encomendada y, con la ayuda de Dios, trataré de cumplirla.
Su voz era baja y reverente. Pensé que él harÃa seguramente su trabajo y que lo harÃa bien y con nobleza; ¡feliz de la mujer capacitada para ayudarlo! Ella no serÃa una pluma llevada por los vientos de la fantasÃa. Ella sabrÃa qué sombrero ponerse. Probablemente tendrÃa uno solo, pues los ministros no suelen ser ricos. Pero no le importarÃa no tener más que un solo sombrero, o no tener ninguno, porque tendrÃa a Jonás.
Ana Shirley, no te atrevas a pensar, a sospechar y mucho menos a afirmar que me he enamorado del señor Blake. ¿PodrÃa importarme a mà un teólogo pobre, feo y pelirrojo llamado Jonás? Como dice el tÃo Mark: «es imposible y, lo que es más, improbable».
Buenas noches.
PD: Es imposible, pero tengo un miedo terrible de que sea verdad. Me siento feliz, desolada y temerosa. Sé que nunca podrá mantenerme. ¿Crees que podré convertirme alguna vez en la aceptable esposa de un ministro? ¿Esperará la gente que yo dirija las oraciones?