Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —No sĂ© si salir o quedarme en casa —dijo Ana, mirando por una de las ventanas de «La Casa de Patty» los distantes pinos del parque—. Tengo toda la tarde disponible para dedicarla al hermoso placer de no hacer nada, tĂa Jamesina. ÂżLa pasarĂ© aquĂ, junto al hogar, con un plato de bizcochos, tres gatos ronroneantes y armoniosos y los implacables perros de porcelana con narices verdes? ÂżO me marcharĂ© al parque a disfrutar de las arboledas grises y del agua plateada que salpica las rocas del puerto?
—Si yo tuviera tus años me decidirĂa por el parque —dijo la tĂa Jamesina mientras golpeaba la oreja amarilla de Joseph con una aguja de tejer.
—Usted es tan joven como cualquiera de nosotras, tĂa.
—SĂ, de espĂritu. Pero admito que mis piernas no son como las vuestras. Ve a tomar un poco de aire fresco, chiquilla. Ăšltimamente te has puesto un poco pálida.
—Creo que lo harĂ©. Hoy no me siento con ánimo para los placeres domĂ©sticos. Quiero sentirme sola y libre. El parque estará vacĂo, pues todos han ido a ver el partido de fĂştbol.
—¿Por qué no fuiste tú también?
