Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Porque nadie me invitó. Bueno, el detestable Dan Ranger lo hizo, pero con él no irÃa a ningún lado. No quise herir sus sentimientos y le dije que no pensaba asistir al partido. Pero no importa; hoy no tengo ánimos para eso.
—Ve a tomar un poco de aire fresco —repitió tÃa Jamesina—, pero lleva el paraguas porque parece que va a llover. Me duele la pierna.
—Sólo las personas de edad tienen reumatismo, tÃa.
—Cualquiera puede tener reumatismo en una pierna, Ana; pero sólo los ancianos lo padecen en el alma. Gracias a Dios, yo no. Cuando sientas reumatismo en el alma ya puedes ir a buscarte el ataúd.
CorrÃa noviembre, el mes de los crepúsculos púrpuras, la despedida de los pájaros, los tristes himnos del mar y el canto del viento entre los árboles. Ana caminó por el sendero bordeado de pinos del parque y dejó que el viento barriera las nieblas de su alma. No querÃa preocuparse por ellas, y sin embargo, desde su vuelta a Redmond, la vida no se habÃa reflejado en su espÃritu con aquella antigua y perfecta claridad.