Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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En apariencia, la vida en «La Casa de Patty» era la de siempre: trabajo, estudio y diversión. Los viernes por la tarde el amplio salón se colmaba de visitantes y en él flotaban las bromas y las risas, mientras la tía Jamesina sonreía con beatitud. El «Jonás» de la carta de Phil llegaba a menudo en el primer tren de St. Columba y partía en el último. Era el favorito de todos en «La Casa de Patty», aunque la tía Jamesina sacudía la cabeza y afirmaba que los estudiantes de teología no eran ya como antes.

—Es muy agradable, querida —le dijo a Phil—, pero los ministros deben ser más serios y dignos.

—¿No puede un hombre reír y ser también un buen cristiano?

—¡Oh, un hombre sí! Pero yo hablo de ministros, querida. Y tú no deberías coquetear de ese modo con el señor Blake; realmente, no deberías hacerlo.

—No coqueteo con él —protestó Phil. Nadie la creía, excepto Ana. Pensaban que se estaba divirtiendo como de costumbre y le reprochaban su comportamiento.

—El señor Blake no es del tipo de los Alee y Alonzo, Phil —le dijo Stella con severidad—. Debes tomarlo en serio o destrozarás su corazón.

—¿Crees que podría destrozarlo? ¡Oh, Stella, me encantaría creerlo!


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