Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Pero lo tendré a él, y no echaré de menos todas esas cosas. Nos casaremos en junio del año que viene. Ya sabes que Jo se gradúa esta primavera; después se hará cargo de una pequeña iglesia misional en los barrios bajos. ¡ImagÃname a mà allÃ! Pero con él soy capaz de ir hasta a Groenlandia.
—Y ésta es la jovencita que nunca podrÃa casarse con un hombre pobre —comentó Ana en voz alta.
—¡Oh, no me eches en cara las locuras de mi juventud! Seré tan alegre pobre como lo he sido rica, ya verás. Voy a aprender a cocinar y a coser. Desde que vivo en «La Casa de Patty» sé ir de compras al mercado y durante todo un verano he enseñado en la escuela dominical. La tÃa Jamesina dice que arruinaré la carrera de Jo si me caso con él, pero no será asÃ. Sé que no tengo mucho sentido común ni mucha sobriedad; pero sà algo que vale mucho más: el don de hacer que todos me quieran. En Bolingbroke hay un hombre que cecea y que lee las plegarias en la iglesia; siempre dice: «Zi no puedez brillar como un farol eléctrico, brilla como unoz candelabroz». Yo seré el candelabro de Jo.
—Phil, eres incorregible. Bueno, tú sabes que te quiero tanto que no podré espetarte un discursillo de felicitación. Pero me alegro de todo corazón.
—Lo sé. En tus ojos brilla la verdadera amistad, Ana. Espero que algún dÃa podré mirarte asÃ. Te vas a casar con Roy, ¿no es cierto?