Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —En Navidad les dije que no podÃa casarme con ninguno de los dos. ¡Es tan gracioso recordar ahora lo que llegué a imaginar como posible! Mi rechazo les hizo tan mal efecto que lloré a gritos. Pero sabÃa que habÃa en el mundo un solo hombre con quien podrÃa casarme. Ya me habÃa decidido y esta vez todo fue fácil. ¡Es tan bonito sentirse segura y saber que te lo debes a ti misma!
—¿Crees que no te arrepentirás?
—¿De haber tomado partido? No lo sé, pero Jo me ha dado una regla espléndida para estos casos. Dice que cuando me sienta perpleja haga lo que, cuando tenga ochenta años, me alegre de haber hecho. De todos modos, Jo es capaz de decidirse con bastante rapidez; y serÃa incómodo que en la misma casa fuéramos ambos de pensamiento demasiado rápido.
—¿Y qué dirán tus padres?
—Papá no dirá mucho, pues piensa que está bien todo lo que yo hago. Pero mamá sà hablará. ¡Oh, su lengua es tan Byrney como su nariz! Pero todo terminará bien.
—Cuando te cases con el señor Blake tendrás que abandonar muchas cosas a las que estás acostumbrada.