Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Quizás —dijo Ana de mala gana. Sabía que era correcto ruborizarse cuando se hacían tales confesiones, pero tal cosa no ocurría. Por el contrario, las mejillas le ardían en cuanto escuchaba algo relacionado con Gilbert Blythe o Christine Stuart. Ninguno de los dos significaba nada para ella, absolutamente nada. Pero Ana había abandonado la idea de analizar la razón de este sonrojo. En lo que se refería a Roy, desde luego que lo amaba locamente. ¿Cómo evitarlo? ¿No era acaso su ideal? ¿Quién podía resistir esos ojos tan profundos y esa voz implorante? ¿No la envidiaban la mitad de las muchachas de Redmond? ¡Y qué soneto le había enviado para su cumpleaños, con una caja de violetas! Ana lo sabía de memoria. Era muy bueno en su género, aunque no llegara, claro, al nivel de Keats o de Shakespeare: Ana no estaba tan ciega para creerlo. Y se lo había dedicado a ella; no a Laura, a Beatriz o a la Dama de Atenas, sino a Ana Shirley. Que le dijeran en rítmicas cadencias que sus ojos eran estrellas matutinas, que sus mejillas tenían colores robados al amanecer, que sus labios eran más rojos que las rosas del Paraíso, eso era estremecedoramente romántico. Pero Gilbert tenía sentido del humor. Ella le había contado una vez a Roy un chiste y él no se había reído. Recordó la risa que provocara en Gilbert la misma historia, y se preguntó, incómoda, si la vida junto a un hombre que no tenía sentido del humor no resultaría finalmente algo aburrida. Pero ¿quién podía esperar que un héroe melancólico e inescrutable reparara en el aspecto divertido de las cosas? Sería absolutamente ilógico.


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