Ana la de La Isla
Ana la de La Isla «Lo que deba ser será», se dijo Rachel tétricamente, «pero a veces sucede lo que no debe suceder. Y no puedo librarme del temor de que en el caso de Ana ocurra esto último, a menos que intervenga la Divina Providencia».
La señora Lynde suspiró, pues temía que la Providencia no tomara cartas en el asunto, y ella por su parte no se atrevía a hacerlo.
Ana paseaba por la Burbuja de la Dríada y fue a dar al pie del abedul blanco donde ella y Gilbert se habían sentado a conversar tantas veces en veranos pasados. Al terminar el período escolar el joven había vuelto a su puesto en el periódico y Avonlea parecía muy triste sin él. Nunca le escribió y Ana echaba mucho de menos sus cartas. Roy, en cambio, lo hacía dos veces por semana y sus misivas exquisitamente románticas eran dignas de una antología. Al leerlas, Ana lo amaba más que nunca, pero su corazón jamás palpitó tanto como cuando por fin un día la señora Sloane le alcanzó un sobre en el que reconoció la escritura de Gilbert Blythe. La muchacha corrió a «Tejas Verdes», se refugió en su cuarto y lo abrió ansiosamente… para encontrarse con un folleto ilustrativo de cierta actividad estudiantil. Eso era todo. Ana arrojó el inocente prospecto y se sentó a escribir una carta especialmente cariñosa para Roy.