Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Estás sencillamente adorable, Diana; dame un beso de despedida. Diana Barry ya no volverá a besarme nunca más.
—Pero lo hará Diana Wright. Mamá está llamando. Vamos.
Siguiendo una simple y antigua costumbre, Ana se dirigió hacia la sala del brazo de Gilbert. En lo alto de la escalera se encontraron por primera vez frente a frente desde su despedida en Kingsport, pues Gilbert habÃa llegado ese mismo dÃa; Gilbert la saludó con toda cortesÃa. TenÃa muy buen aspecto, aunque, según Ana notara al instante, estaba algo más delgado. Cuando la joven se dirigÃa hacia él a través del vestÃbulo tenuemente iluminado, vestida con su delicado traje blanco y los brillantes cabellos adornados, sintió que sus mejillas ardÃan. Su aparición en la sala fue recibida con murmullos de admiración.
—¡Qué buena pareja hacen! —susurró la impresionable señora Rachel a Marilla.
Fred hizo su entrada solo, con el rostro enrojecido, y luego llegó Diana apoyada en el brazo de su padre. No se desmayó, y nada ocurrió que perturbara el orden de la ceremonia. La alegre fiesta continuó y al caer la tarde Diana y Fred partieron rumbo a su nuevo hogar y Gilbert acompañó a Ana a «Tejas Verdes».