Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —SÃ, lo seremos. Hemos disfrutado de una gran amistad, Diana, sin peleas, ni indiferencias ni palabras dañinas. Espero que continúe siempre asÃ, aunque las cosas no podrán seguir siendo iguales. Tú tendrás otros intereses ajenos a mà por completo. Pero «asà es la vida», como dirÃa la señora Lynde. Me ha prometido regalarme para mi boda una de sus amadas colchas tejidas a mano, igual a la que te ha regalado a ti, con el dibujo de hojas de tabaco.
—Lo malo es que cuando te cases no podré ser tu dama de honor —se lamentó Diana.
—En junio seré dama de honor de Phil y luego se terminó; ya conoces el refrán: «tres veces dama, nunca novia» —dijo Ana espiando por la ventana el blanco y el rosado de la huerta en flor—. Ya viene el pastor, Diana.
—¡Oh, Ana! —murmuró ésta palideciendo repentinamente y echándose a temblar—. ¡Oh, Ana!… Estoy tan nerviosa… no puedo soportarlo… Ana, creo que voy a desmayarme.
—Si lo haces te arrastraré hasta el pozo y te tiraré. Arriba ese ánimo. Una boda no ha de ser tan terrible cuando tanta gente sobrevive a la ceremonia. Mira qué tranquila estoy yo y sigue el ejemplo.
—Espere a que le llegue el turno, señorita Shirley. ¡Oh, Ana, oigo a papá subir las escaleras! Dame el ramo. ¿Está bien el velo? ¿No estoy muy pálida?