Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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CAPÍTULO TREINTA El idilio de la señora Skinner

Ana descendió del tren en la estación de Valley Road y echó una mirada en derredor para ver si alguien había ido a esperarla. Debía de hospedarse con cierta señorita Janet Sweet, pero no vio a nadie que respondiera a la idea que se había hecho de tal dama, descrita en la carta que le enviara Esther. La única persona a la vista era una anciana sentada en un carricoche en el que se amontonaban los sacos de correspondencia. Aun siendo muy complaciente, nadie hubiera dicho que su peso llegaba sólo a los noventa kilos; su cara era roja y redonda como la luna llena y casi con la misma ausencia de rasgos. Llevaba un ceñido vestido negro de cachemira, de moda diez años atrás, un pequeño sombrero de paja negra bordado de encaje amarillo y mitones de descolorido encaje negro.

—¡Eh, usted! —gritó mientras agitaba su látigo en dirección a Ana—. ¿Es la nueva maestra de la escuela de Valley Road?

—Sí.



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