Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —AquĂ tiene una carta con un sello indio, tĂa Jimsie —dijo Phil—. Hay tres para Stella, dos para Pris y una bien gorda para mĂ, de Jo. Para ti hay sĂłlo una circular, Ana.
Nadie notó el sonrojo de Ana mientras ésta tomaba la circular que le tendiera Phil descuidadamente. Pero a los pocos minutos Phil alzó los ojos para ver una Ana transfigurada.
—¿Qué te ocurre?
—El Youth’s Friend ha aceptado un pequeño apunte que envié hace un par de semanas —dijo Ana, tratando con todas sus fuerzas de hablar como quien está acostumbrado a que le acepten apuntes muy a menudo.
—¡Ana Shirley! ¡Qué maravilla! ¿Y cómo era? ¿Cuándo lo publicarán? ¿Te pagan algo?
—SĂ; me han enviado un cheque por diez dĂłlares y el editor me dice en su carta que quiere ver más trabajos mĂos. Y desde luego que los verá. Éste era un viejo escrito que encontrĂ© en un cajĂłn; lo retoquĂ© un poco y lo enviĂ©, pero sin pensar en que lo aceptasen, pues ni siquiera tiene argumento —dijo Ana, mientras recordaba la amarga experiencia de «El sacrificio de Averil».
—¿Qué vas a hacer con los diez dólares, Ana? ¿Qué te parece si vamos al pueblo a emborracharnos? —sugirió Phil.
