Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Voy a dilapidarlos —declaró Ana, alegremente—. De todos modos, no es dinero maldito, como el del cheque que me mandaron por la levadura Rollings. Aquél lo gasté juiciosamente en ropas útiles que odié cada vez que me las puse.
—¡Pensar que tenemos a toda una escritora en «La Casa de Patty»! —exclamó Priscilla.
—Es una gran responsabilidad —agregó solemnemente la tÃa Jamesina.
—Desde luego que sà —dijo Pris con igual tono—. Las escritoras son gente rara, uno nunca sabe por dónde arrancarán.
—Yo quise decir que ser escritor es una gran responsabilidad —dijo la tÃa con severidad—, y espero que Ana lo comprenda. Mi hija solÃa escribir cuentos antes de su partida, pero ahora dedica su atención a cosas más importantes. DecÃa a menudo que su divisa era: «Nunca escribas una lÃnea de la que pudieras avergonzarte si la leyeran en tu funeral». Será mejor que pienses de ese modo si estás decidida a embarcarte en la literatura. Aunque —añadió, perpleja—, Elizabeth solÃa reÃrse cuando lo decÃa. Siempre se reÃa tanto que no sé cómo se decidió a ser misionera. Me alegré de que lo hiciera, pues habÃa rezado por ello, pero… quisiera que no hubiera ocurrido.