Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Y la tía Jamesina se preguntó, después de estas palabras, qué era lo que había provocado la risa de aquellas criaturas.
Los ojos de Ana brillaron todo el día; en su cerebro bullían las ambiciones literarias. Aquella exaltación la acompañó hasta la fiesta de Jennie Cooper, y ni siquiera la visión de Gilbert y Christine caminando frente a ella y Roy, consiguió empañar el brillo de sus pupilas. Sin embargo, no estaba tan alejada de las cosas terrenales para no notar que el andar de Christine era decididamente poco grácil.
«Supongo que Gilbert sólo se fija en la cara. Así son los hombres», pensó Ana enfadada.
—¿Estarás en casa el sábado por la tarde? —preguntó Roy.
—Sí.
—Mi madre y mis hermanas irán a visitarte.
Uno de sus frecuentes estremecimientos sacudió el cuerpo de Ana, aunque esta vez distaba de ser placentero. Nunca había visto a los parientes de Roy; comprendía la importancia y el especial significado de aquella visita, y lo que había en ello de irrevocable la asustaba.