Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Me encantará conocerlas —dijo con llaneza; y durante un instante se preguntó si en realidad serÃa asÃ. DeberÃa serlo, desde luego. Pero ¿no equivaldrÃa aquello a una ordalÃa? Le habÃan llegado murmuraciones de cómo consideraban los parientes de Roy la «inclinación» del muchacho. Seguramente que la visita no era del todo espontánea. Ana sabÃa que serÃa puesta en la balanza de los Gardner. El hecho de que consintieran en visitarla significaba que, de buen o mal grado, la consideraban como posible integrante del clan.
—Seré yo misma. No intentaré producir buena impresión —decidió Ana. Pero ya cavilaba sobre qué vestido se pondrÃa el sábado por la tarde y hacÃa sus cálculos acerca de un nuevo peinado, que tal vez le quedarÃa mejor que el actual. La reunión perdió su atractivo para Ana. Al llegar la noche habÃa decidido ponerse el vestido marrón y llevar el cabello suelto.