Ana la de La Isla
Ana la de La Isla El viernes por la tarde ninguna de las muchachas tenía que asistir a clase en Redmond. Stella aprovechó la circunstancia para escribir un ensayo para la Sociedad de Amigos del Saber, sentada a la mesa en un rincón de la sala, completamente rodeada de papeles. La muchacha afirmaba que no podía escribir una línea, a menos que tirara las hojas ya terminadas al suelo. Ana, con su blusa de franela, su falda de sarga y los cabellos alborotados por el viento del paseo, se hallaba sentada en el centro de la habitación jugando con la gata Sarah. Joseph y Rusty estaban acurrucados junto a ella. Toda la casa olía a repostería, pues Priscilla se hallaba en la cocina. De pronto entró en el salón, cubierta por un gran delantal y con la nariz manchada de harina, para mostrar a la tía Jamesina una tarta de chocolate que acababa de hornear.
En ese esperanzador momento llamaron a la puerta. Nadie le prestó mucha atención, excepto Phil, que corrió a abrir, esperando que fuera el chico que debía traerle el sombrero que había comprado esa mañana. En el umbral apareció la señora Gardner con sus hijas.