Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Ana se levantó como pudo, espantando a los dos indignados gatos. Priscilla, que hubiese tenido que cruzar la habitación para llegar hasta la puerta de la cocina, perdió la cabeza y metió la tarta de chocolate debajo de un almohadón del sofá, echando luego a correr escaleras arriba. Stella comenzó a juntar febrilmente las hojas de su manuscrito. Las únicas que permanecieron inalterables fueron la tía Jamesina y Phil. Gracias a ellas, todos, hasta Ana, se sintieron cómodos a los pocos instantes.

Priscilla descendió sin su delantal y su mancha de harina; Stella redujo el espacio para sus hojas y Phil salvó la situación con su conversación.










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