Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—A mi sí —terció Dorothy—. Son muy independientes. Los perros son demasiado buenos y generosos; me hacen sentir incómoda. Pero los gatos son terriblemente humanos.

—¡Qué hermosos perros de porcelana tienen! ¿Puedo verlos de cerca? —preguntó Aline, cruzando la habitación y transformándose en la causa inconsciente del otro accidente. Tomando a Magog entre sus manos, se sentó sobre el almohadón bajo el cual se escondía la tarta de chocolate de Priscilla. Ésta y Ana cambiaron una mirada de desesperación, pero Aline siguió sentada allí, discutiendo sobre los perros de porcelana hasta que llegó la hora de irse.

Dorothy quedó atrás para estrecharle la mano a Ana y decirle impulsivamente:

—Sé que tú y yo seremos grandes amigas. ¡Oh!, Roy me lo ha contado todo. Soy la única de la familia a quien cuenta todo; nadie podría hacerles confidencias a mamá y a Aline. ¡Qué bien tenéis que pasarlo aquí! ¿Me dejaréis venir de vez en cuando?

—Ven cuantas veces quieras —respondió Ana de todo corazón, agradecida de que una de las hermanas de Roy fuera agradable. Nunca podría ser como Aline ni ésta la llegaría a querer, aunque podría ganar a la señora Gardner. De todos modos, Ana suspiró de alivio cuando hubo terminado la ordalía.


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