Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Quisiera estar muerta o que hoy fuera mañana —se quejó Phil.
—Si vives lo bastante, ambos deseos se cumplirán —contestó Ana, tranquila.
—Para ti es fácil estar serena. No tienes dificultades con la filosofĂa. Yo no, y en cuanto pienso en el examen de mañana me pongo a temblar. ÂżQuĂ© dirĂa Jo si fracaso mañana?
—No fracasarás. ¿Cómo te ha ido en griego?
—No sé. Quizá fue un buen examen o quizá fue tan malo como para hacer que Homero se revolviera en su tumba. He estudiado y garabateado tanto en los cuadernos que no soy capaz de formarme una opinión sobre nada. ¡Qué contenta estará la pequeña Phil en cuanto hayan terminado los exámenes!
—¿Exámenes? Nunca oà tal palabra.
—Bueno, ¿no tengo yo tanto derecho como la que más a inventar una palabra?
—Las palabras no se inventan: surgen.
—No importa. Comienzo a ver que todo se aclarará en cuanto terminen los exámenes. ¿Os dais cuenta de que casi ha terminado nuestra vida en Redmond?
—Yo no —dijo Ana tristemente—. Me parece que fue ayer cuando Pris y yo estábamos solas en aquel gentĂo de «novatos» en Redmond. Y ahora somos alumnas de Ăşltimo año al borde de los exámenes finales.
