Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Dejaré aquà mis sueños y fantasÃas para que alegren a las nuevas ocupantes —dijo Ana recorriendo con la vista su hermoso cuarto azul, donde habÃa pasado tres años felices. Arrodillada para rezar junto a la ventana, se inclinaba ahora hacia ella para contemplar el crepúsculo tras los pinos. Se preguntaba si los viejos sueños podÃan encantar una habitación; si cuando uno deja para siempre el cuarto donde ha sufrido, disfrutado, reÃdo y llorado no queda algo invisible e intangible que permanece allà eternamente como un pedazo de la propia alma.
—Yo creo —opinó Phil— que el cuarto donde se ha soñado, donde uno se ha sentido triste o contento, donde se ha vivido, se convierte en algo inseparable de nosotros mismos y adquiere algo de la propia personalidad. Estoy segura de que si entrara en esta habitación dentro de cincuenta años, oirÃa una vocecilla que me dirÃa: «Ana, Ana». ¡Qué bien lo hemos pasado aquÃ! ¡Cuántas bromas y qué camaraderÃa! En junio me casaré con Jo y sé que me encontraré trasportada al séptimo cielo, pero en este momento desearÃa que la vida de Redmond no terminara jamás.
—Yo también soy tan irresponsable en este instante como para desearlo —admitió Ana—. Asà nos aguarden en el futuro las alegrÃas más profundas, nunca podrán compararse con la vida deliciosa e irreflexiva que hemos llevado aquÃ. Esto ha concluido para siempre.