Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Estudió mucho el invierno pasado. Ya saben que sacó las mejores notas en clásicos y además ganó el premio Cooper. ¡Nadie lo había ganado desde hacía cinco años! De modo que está un poco fatigado. Todos lo estamos, en realidad.

—De todas maneras, tú eres licenciada y Jane no lo es ni lo será nunca —dijo la señora Lynde, henchida de satisfacción.

Poco días después, Ana fue a ver a Jane, pero ésta estaba en Charlottetown «encargando ropa», según informó la señora Harmon orgullosamente. «Ya que una modista de Avonlea no sería suficiente para Jane, dadas las circunstancias».

—He oído decir que le va muy bien.

—Sí, le ha ido bastante bien, aunque no sea licenciada —dijo la señora Harmon, sacudiendo un poco la cabeza—. El señor Inglis tiene millones y se van a Europa en viaje de bodas. Cuando regresen, vivirán en una mansión de mármol en Winnipeg. Jane sólo tiene una preocupación: puede cocinar magníficamente y su marido no la deja. Es tan rico, que tiene cocinera. Tendrán dos criadas, un cochero y un mayordomo, además de la cocinera. Pero, hablemos de ti, Ana. No he oído nada sobre si te casabas al terminar tus estudios.

—Oh, no. Yo seré una solterona. No puedo encontrar nadie que me guste.


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