Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Hum… Jane —gruñó la señora Lynde—. Bueno —condescendió—: Jane Andrews regresó del oeste la semana pasada; va a casarse con un millonario de Winnipeg. Puedes estar segura de que la señora Harmon no perdió tiempo en contárselo a todos.
—Querida Jane, estoy tan contenta —dijo Ana de corazón—. Se merece lo mejor de la vida.
—Oh, yo nada digo contra ella. Es una chica bastante buena. Pero no es de la clase de los millonarios y verás que ese hombre lo único que tiene es dinero, eso es. La señora Harmon dice que es un inglés que ha hecho fortuna en las minas, pero yo creo que resultará un yanqui. Debe de tener mucho dinero, pues ha cubierto de joyas a Jane. Su anillo de compromiso tiene un diamante tan grande, que parece un emplasto en el gordo dedo de Jane.
La señora Lynde no podÃa evitar un poco de amargura en su voz. Allà estaba Jane Andrews, esa simple maestra, prometida a un millonario; mientras que Ana no habÃa recibido proposiciones de nadie, rico ni pobre, o por lo menos, asà lo parecÃa. Y la señora Harmon Andrews se vanagloriaba insufriblemente.
—¿Cómo se ha portado Gilbert Blythe en la universidad? —preguntó Marilla—. Lo vi cuando regresó la semana pasada y está tan pálido y delgado que apenas pude reconocerle.