Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¡Hogar! —gruñó Ana—, querrás decir en alguna horrible pensión y en un dormitorio más horrible aún, con vistas al patio de atrás.
—No es una horrible pensión, Ana. Aquà está nuestro coche. Sube; el cochero cargará tu baúl. Y en cuanto a la pensión, es un lugar muy bonito. Tú misma lo admitirás mañana por la mañana, después que hayas reparado tus fuerzas con un buen sueño. Es un enorme caserón de piedra gris en St. John Street. Fue «residencia» de gente acomodada, pero St. John Street ya no está de moda; sus mansiones se conforman ahora con evocar glorias pasadas. Son tan enormes que los nuevos dueños han debido convertirlas en pensiones para poder utilizar todos sus cuartos. Por lo menos, eso es lo que tratan de hacernos creer nuestras caseras. Ya verás que son deliciosas.
—¿Cuántas son?
—Dos. Hannah y Ada Harvey. Tienen unos cincuenta años y son mellizas.
—Parece que estoy condenada a las mellizas —comentó Ana risueñamente—. Adondequiera que vaya me topo con ellas.