Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Eran las nueve de la noche cuando el tren llegó a Kingsport. Los jóvenes se encontraron en medio de la estación, entre la multitud, y Ana se sintió terriblemente aturdida. Un segundo después fue rescatada por Priscilla Grant, que habÃa llegado el sábado.
—¡Ya estás aquÃ, querida! Y supongo que tan cansada como yo el sábado por la noche.
—¡Cansada! Priscilla, no hables de cansancio. Me siento exhausta, inexperta, tosca y como si tuviera diez años de edad. Por amor de Dios, apiádate de tu pobre compañera y llévala donde pueda ser capaz de pensar otra vez.
—Iremos a nuestra pensión inmediatamente. Tengo un coche esperando fuera.
—Es una bendición que estés aquÃ, Prissy. De no ser asÃ, creo que me hubiera sentado sobre mi maleta, aquà mismo, a derramar amargas lágrimas. ¡Cómo consuela ver un rostro conocido en medio de tantas caras extrañas!
—¿No es ése Gilbert Blythe, Ana? ¡Cómo ha crecido desde el año pasado! Era sólo un niño cuando yo enseñaba en Carmody. Y por supuesto que ése es Charlie Sloane. Él no ha cambiado, no podrÃa. TenÃa esa cara cuando nació y la seguirá teniendo cuando tenga ochenta años. Por aquÃ, querida. Estaremos en nuestro hogar dentro de veinte minutos.