Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Me siento como el Childe Harold de Byron; sólo que no es realmente mi «playa nativa» la que contemplo —dijo Ana pestañeando enérgicamente—. La mÃa es Nueva Escocia, supongo. Pero la playa nativa de cada uno es aquella que más ama y para mà no hay otra como la isla del PrÃncipe Eduardo. Me parece haber vivido siempre aquÃ. Los once años que pasé antes de llegar semejan una pesadilla. Han pasado siete desde que hice el viaje en este mismo paquebote, la tarde en que la señora Spencer me trajo de Hopetown. TodavÃa puedo verme con aquel horrible vestido desteñido y mi viejo sombrero marinero curioseando en todos los camarotes. Era una bonita tarde; ¡cómo brillaban al sol las rojas playas de las islas! Y aquà estoy, cruzando otra vez el estrecho. ¡Oh, Gilbert, quisiera creer que Redmond y Kingsport me gustarán, pero estoy segura de que no será asÃ!
—¿Adónde ha ido a parar tu filosofÃa, Ana?
—Estoy sumergida en la soledad y la nostalgia. He pasado tres años suspirando por ir a Redmond… y ahora voy… y no querrÃa hacerlo. ¡Pero no importa! Ya volverán mi filosofÃa y mi alegrÃa en cuanto tenga tiempo de llorar un buen rato. Tengo que hacerlo «como escape»; pero habrá que esperar a esta noche, cuando esté metida en mi cama, en la pensión. Entonces, Ana volverá a ser la misma de siempre. Estoy pensando si Davy habrá salido ya del armario.