Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Llovió copiosamente durante todo el viaje hasta Bright River, adonde debían dirigirse, ya que el ramal del ferrocarril de Carmody no empalmaba con el tren que combinaba con el barco. Charlie y Gilbert se encontraban en la estación cuando ellas llegaron. Ana apenas tuvo tiempo de coger su billete y el de su baúl, despedirse aprisa de Diana y subir al tren. Hubiera querido regresar a Avonlea con su amiga; sabía positivamente que iba a sentir una nostalgia mortal. ¡Si por lo menos esa funesta lluvia dejara de caer! Ni aun la presencia de Gilbert la ayudaba, porque Charlie Sloane también estaba allí, y las «sloanadas» sólo podían tolerarse con buen tiempo. En días de lluvia eran insufribles.

Cuando el paquebote dejó el puerto de Charlottetown las cosas mejoraron algo. La lluvia cesó y el sol asomó entre las nubes iluminando las aguas grises y haciendo brillar la niebla que envolvía las rojas playas de la isla con destellos dorados. Era, por fin, un hermoso día. Además, Charlie Sloane había tenido que retirarse inmediatamente a causa del mareo y Ana y Gilbert quedaron solos sobre cubierta.

«Me alegro mucho de que los Sloane se mareen en cuanto embarcan», pensó Ana despiadadamente. «Estoy segura de que no hubiera podido echar la última mirada de despedida con Charlie a mi lado».

—Bueno, ya salimos —comentó Gilbert sin sentimentalismo alguno.


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