Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Puntualmente llegó Diana con su calesa, su impermeable y sus rosadas mejillas. Había llegado el momento del adiós. La señora Lynde apareció y dio a Ana un fuerte abrazo, recomendándole que cuidara de su salud, hiciera lo que hiciera. Marilla, secamente y sin llantos, le dio un golpecito en las mejillas y le encargó que escribiera en cuanto estuviera instalada. A un observador casual le habría parecido que la partida de Ana no hacía mucha mella en ella (siempre que no hubiera reparado en la expresión de sus ojos). Dora besó ceremoniosamente a Ana y se secó dos decorosas lagrimitas; pero Davy, que había estado llorando sentado en el escalón de la galería trasera desde que se levantaron de la mesa, no quiso despedirse. Cuando vio que Ana se dirigía hacia él saltó sobre sus pies, subió corriendo la escalera y fue a esconderse dentro de un armario, del que no quiso salir. Sus apagados alaridos fue lo último que oyó Ana mientras se alejaba de «Tejas Verdes».








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