Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Aquella mañana, el desayuno en «Tejas Verdes» fue triste. Davy, probablemente por primera vez en su vida, no pudo comer y gimoteó sin pudor alguno sobre su potaje. Nadie parecía tener mucho apetito, excepto Dora, que terminó su ración tranquilamente. Ésta, lo mismo que la inmortal y prudente Charlotte, que había continuado «cortando pan y manteca» mientras el cuerpo de su frenético enamorado era llevado en el ataúd, era una de esas afortunadas criaturas a quienes parece imposible conmover; a los ocho años, era ya imperturbable.

Desde luego, lamentaba mucho que Ana se marchara. Pero ¿era ése motivo suficiente para no poder apreciar en todo su valor el huevo escalfado sobre la tostada? Por supuesto que no. Y como Davy no tocara el suyo, lo comió por él.









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