Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Charlie Sloane, Gilbert Blythe y Ana Shirley se marcharon de Avonlea la mañana del lunes. Ana había esperado que fuera un hermoso día. Diana iba a llevarla hasta la estación y querían que este último paseo que hacían juntas resultara realmente agradable. Pero cuando se retiró a su cuarto, el domingo por la noche, el viento del este gemía alrededor de «Tejas Verdes» como una siniestra profecía, confirmada a la mañana siguiente. Cuando despertó, la lluvia golpeaba contra su ventana y dibujaba círculos en la gris superficie de la laguna; las colinas y el mar estaban medio ocultos por la tormenta y el mundo entero parecía oscuro y melancólico. Ana se vistió en medio del gris y desalentador amanecer, pues era necesario partir muy temprano para alcanzar el tren; luchó contra las lágrimas que pugnaban por brotar de sus ojos. Dejaba el hogar que le era tan querido y algo le decía que abandonaba para siempre su seguro refugio. Ya nada volvería a ser como antes; volver durante las vacaciones no sería como vivir allí. ¡Y cuán querido le era todo! Ese pequeño cuarto blanco, consagrado a los sueños de la juventud, la vieja Reina de las Nieves en la ventana, el arroyuelo en el valle, la Burbuja de la Dríada, el Bosque Embrujado, el Sendero de los Amantes… todas esas mil cosas queridas llenas del recuerdo de los años pasados. ¿Podría ser feliz en otro lugar?
