Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —No. Esas manzanas me han caÃdo como maná del cielo. Siento que me gustará Redmond y que pasaré allà cuatro años espléndidos.
—¿Y después de esos cuatro años, qué?
—Para esa época ya habrá otros recodos en el camino —respondió Ana con rapidez—. No tengo la menor idea de lo que encontraré allÃ, ni quiero saberlo. Es mejor ignorarlo.
El Sendero de los Amantes parecÃa realmente delicioso esa noche, silencioso y misteriosamente iluminado por el pálido resplandor de la luna. Lo recorrieron en medio de un agradable silencio.
«¡Qué fácil serÃa todo si Gilbert estuviera siempre como esta tarde!», reflexionó Ana.
Gilbert la observaba mientras caminaban. Con su claro vestido y su figura grácil parecÃa una flor de exquisita blancura.
«Me pregunto si alguna vez podré hacer que se fije en mû, pensó con desaliento.