Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Sí, un verdadero manzano; en medio de pinos y hayas, a más de un kilómetro de cualquier huerta. Pasé por aquí la primavera pasada y lo encontré completamente cubierto de capullos blancos. De modo que decidí volver en el otoño para ver si había dado fruto. Mira, está cargado de manzanas; y parecen buenas, además.

—Supongo que debe haber brotado hace muchos años; tal vez de alguna semilla caída aquí por casualidad —dijo Ana, soñadora—. ¡Y cómo ha crecido y florecido por sus propios medios, sin ninguna ayuda, solo entre extraños!

—Siéntate aquí, Ana. Este árbol caído será el trono del bosque. Treparé a buscar unas manzanas. Están todas muy altas; el manzano quiere llegar al sol.

La fruta estaba deliciosa. Bajo la corteza oscura apareció la pulpa muy, muy blanca, con hilitos rojos, y con cierto gustillo silvestre que no habían hallado jamás en las manzanas de huerta.

—No debían tener mejor gusto las manzanas del Paraíso —comentó Ana—. Pero ya es hora de regresar a casa. Mira, hace tres minutos había sol, y ahora es de noche. ¡Qué pena que no hayamos podido contemplar el crepúsculo! Supongo que esos instantes nunca pueden captarse.

—Volvamos por el Sendero de los Amantes. ¿Estás tan disgustada ahora como cuando empezamos el paseo, Ana?


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