Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—El bosque está realmente embrujado ahora, como en los viejos tiempos —dijo Ana mientras se detenía a recoger una rama de helecho blanqueada por la escarcha—. Parece como si las niñas que éramos Diana y yo aún jugaran aquí, en la Burbuja de la Dríada a la luz del crepúsculo, en su cita con los espíritus. ¿Sabes que nunca puedo atravesar este sendero cuando está oscuro sin sentir algo del antiguo temor y estremecerme? Entre los fantasmas que habíamos inventado, había uno especialmente horrible: el de la niña asesinada que chillaba detrás de nosotros y que nos apretaba los dedos con sus manos heladas. Te confieso que no puedo evitar un escalofrío cuando vengo por aquí después de la caída de la tarde. Todavía me parece oír pasos furtivos a mis espaldas. La Dama Blanca, el descabezado o los esqueletos no me asustan, pero preferiría no haber imaginado nunca el fantasma de la niña. ¡Cómo se enfadaron Marilla y la señora Barry por todo esto! —concluyó Ana con una carcajada cargada de reminiscencias.

Los bosques que bordeaban el pantano tenían todos los tonos del rojo. Tras superar un bosquecillo de pinos y un soleado valle orlado de arces hallaron ese «algo» que buscaba Gilbert.

—¡Ah, aquí está! —dijo con satisfacción.

—¡Un manzano! ¡Y aquí abajo! —exclamó Ana, encantada.


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