Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Muy poco —resopló Rachel—. Sin embargo, creo que Ana sà lo hará. Nunca ha sido coqueta. Pero no aprecia a Gilbert en todo lo que vale, eso es. ¡Conozco a las jovencitas! También Charlie Sloane está loco por ella, pero yo nunca le aconsejarÃa que se casara con un Sloane. Son gente buena, honesta y respetable, sin duda. Pero son Sloane.
Marilla asintió. Para un extraño, el hecho de que los Sloane fueran Sloane no significarÃa nada, pero ella comprendió. Todo pueblo tiene una familia asÃ; gente buena, honesta y respetable, pero que son Sloane, y que lo serán siempre, asà hablen lenguas de hombres o de ángeles.
Gilbert y Ana, ignorantes de que su futuro estaba siendo ordenado por la señora Rachel, paseaban en la penumbra del Bosque Embrujado. En la distancia, las segadas colinas se iluminaban bajo los radiantes rayos ambarinos que surgÃan de un pálido cielo rosado y celeste. El lejano bosque de abetos tenÃa el brillo del bronce, y sus largas sombras formaban franjas sobre las altas praderas. Pero en la canción del suave viento, entre los pinos, sonaban ya las primeras notas del otoño.