Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Partieron alegremente. Ana, recordando los desagradables acontecimientos de la víspera, se mostraba amable con Gilbert; y Gilbert, que estaba aprendiendo a ser cauto, tuvo buen cuidado de no decir nada que pudiera quebrar la antigua camaradería de la niñez. La señora Lynde y Marilla los observaron desde la ventana de la cocina.

—Ésos formarán pareja algún día —sentenció la señora Lynde.

Marilla se sobresaltó. En el fondo de su corazón abrigaba la secreta esperanza de que fuera cierto; pero le chocaba el estilo con que lo anunciaba la señora Lynde.

—Todavía son dos criaturas —comentó fríamente. La señora Lynde rió afablemente.

—Ana tiene dieciocho años; a esa edad yo ya estaba casada. Somos viejas, Marilla; es penoso aceptar que los niños sean ya personas mayores, eso es. Ana es una mujercita y Gilbert un hombre que besa el suelo que ella pisa; eso puede verlo cualquiera. Él es un muchacho excelente y Ana no puede ser mejor. Espero que no se le ocurra ninguna tontería romántica en Redmond. No apruebo los establecimientos mixtos de enseñanza y nunca los aprobaré, eso es. Y creo que los estudiantes no hacen allí otra cosa que coquetear —concluyó solemnemente.

—Quizá tengan también que estudiar un poco —dijo Marilla con una sonrisa.


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