Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Ana concluyó con una carcajada en la que había mucho de tristeza. Todo reproche hallaba eco en su naturaleza sensitiva, incluso el reproche de aquellos que le merecían escaso respeto. En aquel momento la vida había perdido su perfume y el fuego de su ambición estaba consumido.
—No debes tomar en cuenta lo que te han dicho —protestó Gilbert—. Tú sabes perfectamente que son excelentes personas pero de principios rígidos. Hacer lo que ellas nunca han hecho les parece un horrible pecado. Eres la primera joven de Avonlea que irá a la universidad, y sabes bien que todos los pioneros han sido acusados de locura.
—Sí, lo sé. Pero sentir es muy diferente a saber. Me digo lo mismo que has dicho tú; pero hay ocasiones en que el sentido común no tiene poder sobre mí y se me ocurren cosas absurdas. No te imaginas lo que me costó terminar de hacer el equipaje después que se marchó la señora Wright.
—Estás muy cansada, Ana. Olvida todo eso y ven a dar una vuelta conmigo por los bosques. Más allá del pantano debe de haber algo que quiero enseñarte.
—¿Debe de haber? ¿Acaso no estás seguro?
—No. Sólo sé que debería estar allí por algo que vi en la primavera. Ven. Imaginaremos que somos otra vez dos niños y que corremos con el viento.