Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—¡Oh, no, no lo son! —contestó Ana seriamente—. Ése es el problema. Si fueran viejas brujas no les habría hecho caso; pero el caso es que son todas almas maternales, buenas, amables, que me quieren y a quienes quiero; y por eso sus palabras pesan tanto para mí. Se empeñaron en que el viaje a Redmond para seguir estudiando es una locura. Desde ese momento me he estado preguntando si será así. La señora Sloane suspiró, dijo que ojalá mis fuerzas me acompañen durante tan largo viaje, e inmediatamente me imaginé víctima de una postración nerviosa al llegar al tercer año. La señora Wright comentó que debía costar un dineral permanecer en Redmond cuatro años y sentí que era imperdonable despilfarrar el dinero de Marilla y el mío en una tontería semejante. La señora Bell dijo que esperaba que el ir a la universidad no me mareara, tal como había ocurrido con tanta gente, y tuve la sensación de que después de cuatro años en Redmond me convertiría en una criatura insufrible, una «sabelotodo», que miraría por encima del hombro a todos los habitantes de Avonlea. La señora Wright «tiene entendido» que las jovencitas de Redmond, especialmente las que viven en Kingsport, son «elegantes y presuntuosas» y no cree que yo me sienta a gusto entre ellas. Ya me veo como una humilde provinciana desaliñada y desairada, vagando por las aulas de Redmond.



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