Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Ana le miró alejarse y suspiró. Gilbert se mostraba amistoso… muy amistoso…, demasiado amistoso. Había ido a verla a menudo a «Tejas Verdes» después de su convalecencia y algo de la antigua camaradería retornaba. Pero Ana no la encontraba satisfactoria. Junto a la rosa del amor, el capullo de la amistad resultaba descolorido. Y la muchacha comenzó a pensar otra vez si Gilbert sentía ahora por ella algo más que amistad. A la vulgar luz del día se había desvanecido la radiante certeza de aquel arrebatado amanecer. La atormentaba un terrible temor de no poder rectificar nunca su error. Era bastante probable que Gilbert amara a Christine. Quizá hasta estaba comprometido. Ana trató de arrancar inciertas esperanzas de su corazón y de reconciliarse con un futuro donde el trabajo y la ambición debían ocupar el lugar del amor. Quizá pudiera hacer un buen, o hasta un noble trabajo como maestra, y el éxito que obtenían sus cuentos breves en ciertas editoriales era un buen augurio para sus nacientes sueños literarios. Pero…, pero… Ana alzó su vestido y volvió a suspirar.