Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Ella no tiene la culpa; recuerda la cantidad enorme de parientes que tienen los Andrews. Apenas cabÃan en la casa. A mà me invitaron sólo porque soy la amiga más antigua de Jane… Bueno, eso por lo menos de parte de Jane. Creo que el motivo que tuvo su madre fue hacerme ver el esplendor de su hija.
—¿Es verdad que llevaba tantos brillantes que no se podÃa distinguir dónde terminaban éstos y dónde empezaba Jane?
Ana rió.
—Llevaba bastantes, es verdad; casi se perdÃa entre tantos tules, rasos, cintas y brillantes. Pero era feliz, y también lo eran el señor Inglis… y la señora Andrews.
—¿Éste es el vestido que usarás esta noche? —preguntó Gilbert contemplando los lazos y volantes.
—SÃ. ¿No es bonito? En la cabeza llevaré margaritas. El Bosque Embrujado está lleno este verano.
Gilbert tuvo una instantánea visión de Ana, ataviada con su vaporoso vestido verde, su cuello y sus brazos virginales emergiendo airosamente y blancas estrellas prendidas sobre su rojiza cabellera. La visión le quitó el aliento. Pero se volvió ligeramente.
—Bueno, vendré mañana. Espero que te diviertas esta noche.