Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Espera y verás. El Old St. John es un lugar delicioso. Es un cementerio muy antiguo. En realidad, ya ha dejado de serlo para convertirse en uno de los paseos de Kingsport. Ayer por la tarde lo recorrà entero sólo por gusto. Está rodeado por un alto paredón de piedra y grandes alamedas lo atraviesan en todas direcciones. Las viejas tumbas son muy extravagantes, con inscripciones a la antigua de lo más curiosas. Al final terminarás por ir a estudiar allÃ, Ana; recuerda lo que te digo. Por supuesto que ahora no entierran a nadie en ese lugar. Pero hace unos pocos años erigieron un hermoso monumento a la memoria de los soldados de Nueva Escocia caÃdos en la guerra de Crimea. Está precisamente frente a las puertas de entrada y en él hay mucho «campo para la imaginación», como solÃas decir. Aquà llega por fin tu baúl, y los chicos vienen a despedirse. ¿Tendré que estrecharle la mano a Charlie Sloane, Ana? Tiene las manos siempre frÃas como pescados. Debemos invitarlos a que nos visiten de vez en cuando. Hannah me dijo seriamente que podÃamos recibir «la visita de jóvenes caballeros» dos veces por semana, siempre que se retiraran a una hora prudente, y la señorita Ada me pidió, sonriendo, que por favor cuidara de que no se sentasen sobre sus hermosos cojines. Prometà hacerlo asÃ; pero sólo Dios sabe cómo podré conseguirlo, a menos que los haga sentar en el suelo, pues hay cojines por todas partes. Hasta ha puesto uno sobre el piano.