Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Ana ya estaba riendo. La alegre charla de Priscilla había conseguido levantarle el ánimo; su nostalgia se desvaneció, y más tarde, cuando se quedó sola en la habitación, no se sintió ya tan desventurada. Se asomó a la ventana. La calle estaba oscura y silenciosa. La luna brillaba entre los árboles del viejo cementerio, detrás de la cabeza del león del enorme monumento. Ana se preguntó si había sido realmente esa mañana cuando dejara «Tejas Verdes». El cambio y el viaje le daban la impresión de que había transcurrido un siglo.
«Supongo que esta misma luna ilumina “Tejas Verdes”», meditó. «Pero no pensaré en ello y así desaparecerá mi nostalgia. Tampoco voy a llorar. Lo dejaré para otra ocasión más adecuada. Ahora me iré a dormir tranquila y cuerdamente».