Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—¡Oh, todavía están esperanzados! Les dije que tendrían que esperar a que eligiese. Y están dispuestos a esperar. Me adoran. Mientras tanto pienso divertirme mucho. Espero tener montones de pretendientes en Redmond. No soy feliz si no los tengo. ¿Pero no os parece que los «novatos» son muy feos? Sólo vi uno guapo entre ellos. Se fue antes de que llegarais vosotras. Oí que su amigo le llamaba Gilbert. Su amigo tenía unos ojos que se notaban a lo lejos. Pero ¿ya os vais? ¿Tan pronto?

—Tenemos que irnos —dijo Ana algo fríamente—. Se hace tarde y tengo algo que hacer.

—Pero vendréis a verme ¿no es así? —preguntó Philippa, pasándoles el brazo por la cintura—. Y me permitiréis que os vaya a visitar. Quiero intimar con vosotras. Os he tomado mucho cariño. ¿No os habré disgustado con mi frivolidad?

—No —rió Ana, respondiendo cordialmente al apretón de Phil.

—Porque no soy la mitad de lo tonta que parezco. Aceptad a Philippa Gordon tal como Dios la hizo, con todos sus defectos, y creo que llegaréis a quererla. ¿No es bonito el cementerio? Me gustaría que me enterraran aquí. Aquí hay una tumba que no había visto antes; ésa con la verja de hierro; la losa dice que es de un guardiamarina que murió en la lucha entre la Shannon y la Chesapeake. ¡Imaginaos!


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