Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¡Por Dios, no! Yo no podrÃa amar a nadie. Creo que estar enamorada te hace una perfecta esclava. Y eso darÃa a un hombre demasiado poder para hacerte daño. TendrÃa miedo. No, no. Alee y Alonzo son dos chicos muy buenos y me gustan ambos tanto que no sé a cuál de los dos prefiero. Alee es el más elegante, desde luego, y yo no podrÃa casarme con alguien que no lo fuera. Tiene buen carácter también, y un hermoso cabello negro rizado. Es demasiado perfecto; no creo que me guste un marido demasiado perfecto.
—Entonces, ¿por qué no casarte con Alonzo? —preguntó Priscilla gravemente.
—¡Piensa en casarte con alguien que se llame asÃ! —dijo Phil, quejumbrosa—. No creo que pudiera resistirlo. Pero él tiene una nariz clásica y serÃa una tranquilidad tener una nariz asà en la familia, en la que poder confiar. En la mÃa no puedo tener mucha fe. Por ahora tiene la forma de los Gordon, ¡pero tengo tanto miedo de que tome la forma de los Byrne cuando sea más vieja! Mamá tiene una gran nariz Byrne. Esperad a verla. Yo adoro las narices bonitas. Tu nariz es preciosa, Ana Shirley. La nariz de Alonzo casi inclinó el platillo en su favor. ¡Pero el nombre! No, no me pude decidir. Si hubiese podido hacer como con los sombreros, ponerlos juntos y cerrar los ojos, habrÃa sido más fácil.
—¿Y qué sintieron Alee y Alonzo cuando partiste? —preguntó Priscilla.