Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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»No, yo no quería venir. Lo hice por papá, ¡es tan bueno! Además, yo sabía que si me quedaba en casa me casaría. Eso es lo que quería mamá. Ella sí que es decidida. Pero a mí me resultaba odioso pensar en casarme, por lo menos tan pronto. Quiero divertirme antes de sentar cabeza. Y, por ridícula que sea la idea de hacer una carrera, lo es aún más la de casarse. No tengo más que dieciocho años. De manera que preferí venir a Redmond. Además, ¿cómo iba a decidir con quién casarme?

—¿Eran tantos? —preguntó Ana riendo.

—Montones. Les gusto mucho a los chicos. Pero había sólo dos que valían la pena. El resto eran todos demasiado jóvenes o demasiado pobres. Y debo casarme con un hombre rico.

—¿Por qué debes?

—Queridas, ¿podéis imaginarme casada con un pobre? No sé hacer nada útil y soy muy extravagante. ¡Oh, no, mi marido deberá tener mucho dinero! De manera que elegí dos. Pero hubiera sido lo mismo que fuesen doscientos. Sé perfectamente que cualquiera que eligiese, toda mi vida lamentaría no haberme casado con el otro.

—¿No… querías… a ninguno? —preguntó Ana. No le era fácil hablar a una extraña del gran misterio y de la gran transformación de la vida.


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