Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—En la calle Saint John 38.

—Mejor que mejor. Queda a la vuelta de la esquina de Wallace Street. Sin embargo, no me gusta mi pensión. Es fría y solitaria y mi cuarto da a un patio ulterior horrible. Es el lugar más feo del mundo. Y en lo que se refiere a los gatos, creo que todos los de Kingsport no se podrían congregar allí, pero sí la mitad. Adoro a los gatos cuando los veo sobre las alfombras, ronroneando junto a la chimenea, pero en los patios de las casas, a medianoche, son animales totalmente diferentes. La primera noche lloré todo el tiempo, y los gatos conmigo. Tendríais que haber visto mi nariz a la mañana siguiente. ¡Cómo deseé no haber dejado mi hogar!

—No sé cómo pudiste decidirte a venir a Redmond, si eres tan indecisa —dijo Priscilla.

—Puedes estar segura de que no fui yo, querida. Fue papá quien lo quiso. Está empeñado. A mí me parece ridículo estudiar una carrera. No es que no pueda, tengo un gran cerebro.

—¡Oh! —comentó Priscilla vagamente.

—Sí. ¡Pero cuesta tanto emplearlo! ¡Y los licenciados son unas criaturas tan dignas, sobrias y solemnes! Tienen que serlo.


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