Ana la de La Isla
Ana la de La Isla La traviesa boca de Philippa dejó ver unos hermosos dientecillos blancos al sonreÃr.
—Eso mismo pensé yo —fue la sorprendente respuesta—, pero querÃa que la opinión de alguien robusteciese la mÃa. No puedo decidir ni siquiera sobre mis propios trajes. En cuanto reconozco que soy guapa tengo la seguridad de que no es asÃ. Además, tengo una horrible tÃa abuela que siempre me dice, con un triste suspiro: «¡Eras una niña tan linda! Es raro cómo cambian los niños al crecer». Adoro a las tÃas, pero detesto a las tÃas abuelas. Por favor, si no os molesta, decidme a menudo que soy guapa. ¡Me siento tan cómoda cuando puedo creer que soy guapa! Yo seré igualmente buena con vosotras si asà lo queréis, de todo corazón.
—Gracias —dijo Ana riendo—, pero Priscilla y yo estamos tan convencidas de nuestro buen aspecto que no necesitamos ninguna ayuda, de manera que no te preocupes.
—¡Oh, os estáis riendo de mÃ! Sé que pensáis que soy una estúpida narcisista, pero no es asÃ. En realidad no tengo un ápice de vanidad. Y no me cuesta nada decir un cumplido a una chica si se lo merece. ¡Estoy tan contenta de haberos conocido! Llegué el sábado por la noche y casi he muerto de nostalgia desde entonces. Es algo horrible, ¿no es cierto? En Bolingbroke tengo mi importancia, pero en Kingsport no soy nada. ¿En dónde os hospedáis?