Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¡Bolingbroke! —exclamó Ana—. ¡Pero si yo nacà allÃ!
—¿De verdad? Eso te hace una «nariz azul».
—No —respondió Ana—. ¿No fue Dan O’Connell quien dijo que el nacer en una cuadra no te hace caballo? Soy una isleña de corazón.
—Bueno, de todos modos estoy contenta de que hayas nacido en Bolingbroke. Nos hace un poco vecinas, ¿no es cierto? Y me gusta, porque asÃ, cuando te cuente mis secretos, no será como decÃrselos a una extraña. Yo tengo que contarlos. No puedo guardar un secreto; es inútil intentarlo. Es mi peor defecto; ése y la indecisión. ¿Me creeréis si os digo que me llevó más de media hora decidir qué sombrero me pondrÃa para venir aquÃ, a un cementerio? Primero me incliné por el de color castaño, con una pluma; pero tan pronto me lo puse pensé que este rosado con el ala suelta me sentarÃa mejor. Al final los puse sobre la cama, cerré los ojos y señalé uno. Le tocó al rosado, de manera que me lo puse. Me queda bien, ¿verdad? Decidme qué pensáis de mi aspecto.
Ante esta cándida pregunta, hecha en tono perfectamente serio, Priscilla se echó a reÃr otra vez. Pero Ana, apretándole impulsivamente la mano, dijo:
—Esta mañana pensé que eras la chica más guapa de Redmond.