Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Olvidaba contarte lo que pasó el dÃa que vino a visitarnos el ministro. Fue lo más gracioso que he visto en mi vida. Le dije a Marilla: «Si Ana estuviese aquÃ, ¿no crees que se habrÃa reÃdo?». Hasta Marilla se rió. Es un hombrecillo muy bajo, grueso y patizambo. Bueno, el cerdo de los Harrison (aquel tan grande) andaba por aquà aquel dÃa y se habÃa metido en la galerÃa de atrás sin saberlo nosotras, y allà estaba cuando apareció el ministro. Quiso escaparse, pero el camino estaba obstruido por un par de piernas patizambas; y contra ellas arremetió. Fuera porque el cerdo era demasiado grande o el ministro demasiado pequeño, lo cierto es que lo levantó en vilo y salió corriendo con él encima. Su sombrero y su bastón volaron por el aire precisamente en el momento en que Marilla y yo llegábamos a la puerta. Nunca olvidaré el cuadro. El pobre cerdo estaba muerto del susto. Nunca podré volver a leer en la Biblia lo del cochino que corrió locamente hacia el mar sin ver al cerdo del señor Harrison trotando cuesta abajo con el ministro encima. Supongo que el pobre animal creÃa que llevaba sobre su lomo al mismo diablo. ¡Gracias a Dios que los mellizos no estaban en casa! Hubiera sido terrible que vieran a un ministro en una situación tan poco digna. Al llegar al arroyo el ministro se arrojó, o fue arrojado. El cerdo cruzó rumbo a los bosques como enloquecido y desapareció. Marilla y yo corrimos y ayudamos al ministro a levantarse y le sacudirnos la levita. No se habÃa lastimado pero estaba furioso. ParecÃa hacernos responsables a Marilla y a mà por lo ocurrido, aunque le explicamos que el cerdo no nos pertenecÃa y que se habÃa pasado el verano molestándonos. Además, ¿por qué se le ocurrió entrar por la puerta trasera? Nunca habrÃas visto al señor Alian hacer eso. Pasará mucho tiempo antes de que tengamos otro pastor como él. Estamos pasando un mal momento. No hemos tenido más noticias del cerdo y espero que no las tengamos nunca.